El fútbol base debe tener dos máximas por encima de todo lo demás: divertirse y aprender (docere et delectare que decía Aristóteles en su Ars Poetica). Ganar o perder tiene que estar en un segundo plano. Lógicamente, claro que importa ganar, en parte porque perder tiene poco de divertido, pero cuando se trata de formar a niños hay cosas mucho más importantes que el resultado.
Varias historias, entre la leyenda urbana y la anécdota real, apuntan a que lo que menos le gustaba del fútbol a Don Santiago Bernabéu eran los padres de los jugadores. Sobra la perniciosa influencia de los padres sobre los chiquillos que practican fútbol (o cualquier otro deporte) publicó hace unas semanas un estupendo reportaje Eduardo Rodrigálvarez en El País: Papá es un ‘hooligan’.
Sin exagerar un ápice, yo he escuchado a un padre en un partido de fútbol de su hijo gritarle al niño Eres muy malo, hijo, muy malo, o Échale huevos, joder, que no pareces hijo mío. Los árbitros también suelen ser objeto de la sinrazón y la mala educación paterna, hasta el punto de que uno puede encontrarse a un grupo de padres y madres cantar en coro Hijooooo de puuuta; yo lo he vivido, igual que me ha tocado ver cómo se paraba un partido en el que estaba participando porque el árbitro se tuvo que escapar del campo perseguido por tres padres blandiendo paraguas como espadas. Los jugadores teníamos once años.
Pero no sólo los padres pueden llegar a convertirse en malos ejemplos para los niños. Los entrenadores tienen tanta o más ascendencia sobre los jóvenes futbolistas en lo que se refiere a transmitir los valores de la deportividad. Aprender a aceptar la derrota, ser justo y respetuoso en la victoria, adquirir el gusto por la competencia entre rivales, no enemigos, etcétera, son sólo algunas de las enseñanzas que el deporte puede dejar en un niño para su futura vida como adulto. Por eso la figura del entrenador puede llegar a ser muy importante en el desarrollo de la personalidad de los jóvenes.
Todo lo anterior viene a cuento de la historia que quiero contar. Esta semana, aprovechando la gripe que me encerró en casa, vi la inmensa mayoría de partidos del Torneo Internacional Alevín de Arona, organizado todas las navidades por la Fundación El Larguero de José Ramón de la Morena. El caso es que en uno de los encuentros de la primera fase, un micrófono se acercó al entrenador de uno de los equipos —no diré cuál para no descentralizar el asunto— para preguntarle porqué estaba tan airado. La respuesta del técnico, a grito pelado, fue la siguiente: ¡El árbitro no quiere que ganemos, se ha visto desde el principio! Me he tenido que autoexpulsar, para que estos niños tengan cojones. El árbitro es un cobarde. Mis jugadores no tienen sangre. Pero los de ellos, les tocas y parecen niñas, se tiran.
No diré que es algo “increíble pero cierto” porque no creo que a nadie le resulte inverosímil. Ese tipo, entrenador del equipo alevín de un club español importante, ante dos decisiones polémicas del árbitro no habló, sino que vomitó bilis. Luego les dire, que hablando calmadamente con él, me sorprendido, que dijera que el partido lo ganaron, porque se autoexpulso. Después hablamos de los entrenadores protagonistas como cierto entrenador del Madrid, le pregunte, pero usted, tiene un muy buen equipo, tiene como una especie de selección escogido lo mejor de la provincia y parte de España. Su respuesta me resulto alucinante, estos niños sin mí no son nadie.
Si en medio de un partido que aún podían ganar (y, por cierto, ganaron) pierde la cabeza hasta berrear tremendo desatino, no me quiero imaginar cómo se podría comportar en una situación mucho más tensa. Y los valores o sandeces, que puede decir, semejante ser, en un vestuario y ante niños indefensoas de tan sólo 11 años.
También le pregunte por la influencia de los padres en el fútbol, algunas de sus respuestas me parecieron correctas y lógicas, pero otras carecían de toda lógica, porque el mismo achacaba a los padres de los niñoas, fallos garrafales, que el mismo se excedía con creces. Desde luego, si yo fuera un directivo de ese club y llegara a mis oídos semejante comportamiento, vigilaría muy de cerca a ese entrenador y si veo que ese comportamiento es habitual, a la calle con él.
No se pueden inculcar esos valores y a niños tan pequeños, hay que tener más cordura y recordar, que son niños de 11 años, no son profesionales que cobran un pastón y si es cierto, que hay padres, que pueden sobrar en el fútbol, no es menos cierto, que hay entrenadores, que jamás deberían entrenar o a menos entrenar a niños, porque no se puede estar en manos de alguien, que demuestra poca coherencia y ética con sus palabras y que culpa a los padres y árbitros, pero no ve sus carencias y limitaciones, para ser un gran educador, que es lo más importante a ciertas edades.
Todos las personas que dedican parte de su tiempo al fútbol base lo hacen por su amor al deporte del balompié, lo que ya les honra pero ser tan protagonista, no conduce a nada. Pero, independientemente de los conocimientos de fútbol que tengan y su capacidad para transmitirlos, todos sabemos que muchos no dan la talla como educadores. Enseñar a un niño no es fácil y nadie nace aprendido para ello. Manejar a un grupo de chavales es aún más complejo.
Pedirle semejante nivel de profesionalidad a los clubes modestos no es justo, pues muchos de ellos hasta tienen problemas para encontrar entrenadores para todas las categorías, pero a los clubes de Primera División, como es el caso del que hablamos, se les debe exigir que cuenten con profesionales totalmente capacitados para las labores de educación y formación de sus pupilos. Un tipo que a la mínima está echando pestes del árbitro no parece la persona más indicada para dirigir y educar a unos chavales en sus primeros pasos.
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